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Mamá y yo no éramos muy unidas cuando yo era niña, o al menos, esa era mi percepción. Mamá trabajaba de 8 am a 3 pm en una oficina cerca de Paseo de Montejo. Habían temporadas ocasionales en las que salía a las 5 pm. Papá era quien se quedaba en casa, él pintaba, hacía ensalada de atún y nos recogía a mí y a mi hermana a la salida de la primaria en la esquina con sombra.

Después de almorzar y de hacer digestión viendo un rato Los Pitufos o a José Ramón Fernandez en Los protagonistas íbamos los tres a buscar a mi mamá a su trabajo. Con el sol insoportable, y el bochorno que solo empeoraba el mal de puerco, mi hermana y yo solíamos dormirnos en la parte de atrás del coche mientras papá manejaba por unos breves 15 minutos hasta la oficina de mamá.

Esperábamos en el estacionamiento cocinándonos hasta que veíamos a lo lejos, en el segundo piso del edificio, salir siempre de la misma puerta a mamá. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía y de pronto ya estaba caminando hacia el coche y se subía haciendo un ruido como de “ufff qué calor”. 

No recuerdo el camino de regreso a casa, no recuerdo qué hacíamos después en las tardes. Todo fue cambiando. Pero haré un ejercicio de memoria para poder entender mejor mi relación con mamá, así que volveré un poco más atrás ahora.

Tengo casi tres años, veo a mamá sentada en el sofá verde de la sala, esta temporada el mueble está pegado a la ventana que da a la calle. Veo la silueta de mamá embarazada de mi hermana y el cielo oscureciendo temprano, debe ser diciembre. Mi hermana nace en Mayo.

Ahora tengo tres años y mi hermana recién nacida me parece una molestia insoportable, tengo celos, es la nueva adquisición y merece toda la atención. Empiezo a darle la espalda a mamá, no quiero que me toque, no quiero que me abrace, le hago notar que estoy molesta, seriamente molesta. Soy mala con ella y soy mala con mi hermanita. Hago travesuras a propósito para fingir y echarle la culpa a esa bebé. Mamá se siente muy triste en toda esta etapa.

No sé cuántos años tengo con certeza pero no llego a la edad de seis, es de noche y mamá se acuesta conmigo en mi hamaca y empieza a cantarme algo, no sé qué canta pero me gusta. Me acaricia los párpados cerrados mientras mece la hamaca. Me hace rezar algo de un ángel de la guarda, yo repito sus palabras y creo en lo que me dice, me siento segura y amada. 

Mamá trabaja mucho, todos los días nos ve solo al despertar antes de ir a la escuela y al salir de su oficina. Como siempre desde que tengo memoria, es la que aporta dinero a la familia. Papá vende sus cuadros y eso significan grandes entradas de dinero pero muy esporádicas. Así que papá empieza a trabajar, no sé de qué, no recuerdo, y es por esto que mi hermana y yo pasamos al cuidado de mi abuela Gloria la mayor parte del tiempo entre semana.

Mamá está lavando los platos y haciendo limpieza en la casa, no sé dónde está papá, por ahí debe andar. Los Bee Gees suenan a todo volumen mientras mi hermana y yo jugamos con el trapeador y nos acostamos en el piso para sentir lo fresco que está, aun húmedo por la capa de agua con pinol. Debe ser fin de semana porque mamá está en casa todo el día.

Es 1999, ya tengo seis años e inicio la escuela primaria en la Ichcaanzihó, escribo la fecha en el borde superior derecho de mi libreta en cada nueva tarea y dictado. Estoy en 1ero B y mi nueva mejor amiga se llama Cecilia Beatriz, mi mamá empieza a conocer con qué tipo de niños y niñas me llevo. Todas les parecen muy buenas, todas salimos en el cuadro de honor. Mamá y papá están muy orgullosos de mí.

Salgo de la primaria y una combi escolar nos recoge a mí y a otros niños para repartirnos a cada uno en nuestras respectivas casas, a mí me dejan en casa de mi abuela. Ahora abuela Gloria me baña, me viste y me peina con gel de brillitos para ir a mis clases de gimnasia. El sol pega fuerte en la habitación y mientras me deja lista me dice con esa voz que aun puedo entonar en mi mente: “estás bien maciza”, refiriéndose a mi complexión corporal. Yo no sé si eso es bueno o malo. Termina de vestirme y mi tía Gloria, que vive cruzando el patio de casa de mi abuela, nos lleva a mí y a mi prima Esthefanny al deportivo, ella va a su clase y yo voy a la mía, ella lo disfruta, es buena y viaja para competir en Tampico, yo, por el contrario, no lo disfruto, no me eligieron para estar en el equipo, no tengo la altura ni el peso ni las ganas ni nada para ser considerada. Mamá como ya salió del trabajo pasa por mí al finalizar mis clases.

A mamá le gusta que yo haga cosas de “niña”, que me vista bonito, que siempre esté bien peinada, que sea delicada y no corra, no sude, no me manche, vaya a catecismo, no grite y me siente bien, pero decido renunciar a la gimnasia, y de una vez, a toda actividad que tenga que ver con bailes y movimientos delicados de cuerpos largos y esbeltos, simplemente no lo disfruto, me incomoda a decir verdad, y empiezo a pasar todas las tardes con mi abuela en vez de ir a alguna otra clase de esa índole.

Voy cumpliendo más años poco a poco, en la primaria soy reconocida por correr con los niños, por estar en el equipo de basquet y atletismo, por siempre tener alguna herida, las rodillas sucias de tierra y raspadas, por tropezarme y darme de golpes. Empiezo a interesarme en cosas poco relacionadas a lo que esperarían mi mamá y mi abuela de una niña. Gano concursos de redacción, de dibujo, cada año me dan otro diploma por la mejor calificación, soy una niña inteligente, pero poco “femenina”. Mamá se siente orgullosa pero algo confundida. A mis escasos ocho años empezamos a pelear porque me niego a vestirme y a peinarme como ella quisiera, es que no me siento cómoda, no me siento yo.

Pasan cuatro años más o menos así, hasta que abuela Gloria enferma. Es en este momento en que papá empieza a recogernos a Astrid y a mí en la esquina con sombra de la primaria, es aquí cuando los tres empezamos a pasar por mamá a su trabajo con ese sol insoportable. Yo sigo en el equipo de basquet, sigo corriendo, mis amigas son igual de “masculinas” que yo, incluso hay a quienes les dicen “marimachas”, yo no entiendo por qué, yo las admiro mucho porque son muy buenas deportistas. 

Empiezo a formar mi personalidad, a entender mejor quien soy, qué cosas me gustan y qué cosas no me gustan, ahora quiero ir a natación, quiero competir nadando. Empiezo a tener más recuerdos con mamá pero no son tan buenos o bonitos, peleamos mucho, ella no piensa como yo, me obliga, a la fuerza, contra toda mi voluntad a hacer la “primera comunión” en una iglesia en la que nunca creí, y no me presta la atención que me gustaría cuando quiero contarle algo mío. Me lo tomo personal: no le interesa mi vida, no quiere saber lo que pienso. Así que mejor me limito a convivir con ella como conviven las familias convencionales, almorzamos, cenamos, vemos televisión, vamos al cine, salimos a algún restaurante a cenar, visitamos parques, me lleva a la escuela, me lleva a natación, me recoge de natación, me compra la ropa que me hace falta, me lleva a que me saquen medidas para mi uniforme del siguiente año escolar, me da permiso para ir a casa de alguna amiga, se pone de acuerdo con las mamás de mis amigas, me niega permisos, no me deja hacer cosas que a mis otros amigos sí les dejan hacer. Siento que “nunca me deja hacer nada, siempre me regaña, siempre está molesta, siempre discutimos por tonteras, quiere que me peine y me vista como ella diga, no me acepta como soy”. 

Existen destellos, mamá en serio intenta llevarse bien conmigo, me ama, y yo la amo, pero no logra comprender que no soy como ella quisiera que fuera. Trata de apoyarme, y en serio me apoya, pero le es muy difícil entender mi forma de ver la vida porque ella no la ve así. Mamá me amó desde el primer momento en que nací, mamá soñaba conmigo, pero no estaba preparada para lidiar con una niña como yo.

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